Primer amor, últimos ritos
Ian McEwan
Traducción de Antonio Escohotado
Una visión diferente de la cotidianidad que nos revela la cara oculta de nuestros fantasmas.
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Sus libros se reconocen inmediatamente. La importancia de su obra continúa amalgamándose y esto nos permite observar el lugar que ocupa su corpus literario en el tiempo. Estamos hablando de Ian McEwan. Desde los relatos de Primer amor, últimos ritos hasta Lecciones, su literatura ha explorado las que son seguramente las más incómodas zonas de la experiencia contemporánea: el deseo y la culpa, la intimidad y la violencia, también la fragilidad de nuestras certezas. Ha combinado en sus novelas, y con una naturalidad destacable, precisión psicológica, inteligencia moral y el placer de contar una historia. Junto a Martin Amis, Julian Barnes o Kazuo Ishiguro, McEwan ha hecho de la novela un instrumento para indagar en el presente sin renunciar nunca a la intriga. Tampoco al humor. Y menos a la imaginación.
Su último libro, Lo que podemos saber, también publicado en catalán bajo el título Què podem saber, confirma hasta qué punto esta tradición sigue viva en su escritura. Comparada en genialidad con Expiación y Amsterdam y calificada como la creadora de un nuevo género –el de la novela de campus postapocalíptica–, esta última entrega del autor británico se considera uno de sus grandes hitos.
Situada en el año 2119, la novela nos traslada a un futuro en el que el planeta ha sufrido décadas de catástrofes climáticas, guerras, pandemias y transformaciones políticas, y buena parte de Inglaterra ha quedado bajo el agua. En ese hipotético tiempo, el pasado se ha convertido en un objeto de fascinación. Thomas Metcalfe, investigador de literatura, estudia los siglos XX y XXI y centra su atención en un acontecimiento ocurrido en 2014: la llamada Segunda Cena Inmortal, una reunión de escritores y artistas convocada por el poeta Francis Blundy y su esposa Vivien. Durante aquella noche, Blundy leyó un poema que escribió para ella. Se titulaba «Una Corona para Vivien». Y nadie conservó una copia.
Ese es el epicentro de la historia, un poema leído por un único individuo en voz alta durante una cena un siglo atrás. La inteligencia del libro reside precisamente aquí. Metcalfe no solo se propone rastrear un texto perdido, sino que busca reconstruir todo aquello que rodeó su desaparición: quiénes estaban allí, qué relación mantenían entre ellos, qué significaban sus palabras, qué ocurrió después. Es así como la investigación literaria se convierte poco a poco en una investigación sentimental, que termina por poner en duda si realmente podemos conocer a alguien a través de las huellas que ha dejado.
Instalados como estamos en una época en que la vida se ha convertido en archivo –correos, mensajes, audios, búsquedas, publicaciones…–, todo parece susceptible de ser conservado. En el futuro que escribe McEwan, la acumulación es todavía mayor. Los investigadores pueden acceder a cantidades extraordinarias de información sobre quienes vivieron cien años antes y el pasado parece estar, por primera vez, completamente documentado. Pero documentar no significa conocer y, como decía Jacques Derrida, el archivo no equivale a la memoria: una fotografía, por ejemplo, registra un gesto, pero no su significado.
Eso es lo que convierte la búsqueda de Metcalfe en algo más que un misterio literario: cuanto más se aproxima al pasado, más evidente resulta que el pasado se aleja. Mientras Thomas Metcalfe quiere recuperar una obra para comprender una vida, el lector lee su investigación para comprender a unas personas que, a su vez, intentaron comprenderse entre ellas. Cuanto más conocimiento, también más ignorancia. Puede que por este motivo Lo que podemos saber sea, en el fondo, una novela sobre la novela: porque demuestra que la literatura nace de esa distancia que se abre entre una persona y otra. En el lugar donde el conocimiento directo fracasa, aparece la imaginación. En el momento en que el archivo no es suficiente, la ficción construye una nueva posibilidad. Y es así como McEwan consigue algo muy especial: mirar nuestro propio tiempo desde fuera. ¿Qué parte de nosotros puede realmente conservarse?
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