sábado, 2 de junio de 2012

LA INMORTALIDAD DEL PASAJERO || Otra modernidad | Cultura | EL PAÍS

Otra modernidad | Cultura | EL PAÍS

IDA Y VUELTA

Otra modernidad


'Adele Bloch-Bauer I' (1907), de Gustav Klimt. / REUTERS


























En el relato canónico de la modernidad en las artes ese momento del origen imprescindible en todas las mitologías sucede en París, en 1906, en el estudio en el que Picasso pintaba Les demoiselles d’Avignon. En el pensamiento mágico el mito se confunde con la historia, y nadie imagina ya que no se corresponda con la realidad y menos aún que haya otras versiones posibles. Lo que solemos entender como la historia del arte moderno es una narración más o menos mitológica que urdió Alfred H. Barr, el primer director del MOMA. Otros museos derivan sus colecciones de la intención de representar la historia. El MOMA la inventó a su medida. No es que el MOMA coleccionara obras de arte moderno; es que una obra era arte moderno porque el MOMA la había adquirido.

No hay mitología sin héroes y sin auras religiosas. El héroe fundador era Picasso, que había tenido su predecesor en Cézanne como Jesucristo en el Bautista, y que había engendrado un solo linaje de discípulos. Y el acto fundacional, la explosión originaria cuya onda expansiva llenaba el siglo XX, era Les demoiselles d’Avignon, que de manera conveniente tenía algo de piedra angular de la colección del museo: tú eres Pedro y sobre esta piedra, etcétera.

Nada que objetar. El Picasso de las primeras décadas del siglo era un pintor de una fertilidad y una audacia inventiva arrebatadoras, y además estaba todavía muy lejos de convertirse en ese icono universal con algo de parodia y simulacro de su propio talento al que John Berger puso en duda tan lúcidamente en su Ascensión y caída de Picasso; y un mito, cualquier mito, tiene la ventaja de una claridad mucho más cautivadora que las ambigüedades, las incertidumbres y la mera sobreabundancia de los hechos reales.
Esta es otra historia posible, casi simultánea, pero que sucede en otra ciudad, con otros nombres: Viena, 1907; el taller de Gustav Klimt; una obra que consiste, igual que Les demoiselles d’Avignon, en una contemplación de lo femenino, y que también rompe con las convenciones académicas: el retrato de Adele Bloch-Bauer. Picasso pintó acordándose al parecer de las mujeres de un prostíbulo en la calle Avinyó de Barcelona y haciendo escarnio y rindiendo homenaje a los desnudos opulentos de Ingres; máscaras africanas negaban como tachaduras la tradición del parecido académico; planos como ensamblados a hachazos ponían fin a cinco siglos de ilusionismo visual.

Alex Ross dice agudamente de Ravel que supo revolucionar las profundidades de la música sin agitar la superficie. Hay algo de eso en los cuadros que Klimt pintaba en Viena más o menos al mismo tiempo que Picasso en París. Las reproducciones les han perjudicado, al contaminarlos de una familiaridad engañosa, que además simplifica su complejidad y suaviza sus aristas. Una lámina de El beso o del retrato de Adele Bloch-Bauer tendrá siempre una lisura decorativa que no existe en la realidad. Es al verlos de cerca cuando se descubre toda su novedad contenida, todo lo que hay en ellos, como en Les demoiselles, de recapitulación y de ruptura. Picasso levanta una marejada: Klimt revuelve las aguas profundas. Picasso escapa de la tradición gracias al exotismo de las máscaras, como Gauguin había escapado viajando a la Polinesia. Klimt se remonta a un periodo del arte no menos apartado de las referencias habituales, los muros dorados de los mosaicos bizantinos de Rávena. La figura de esa dama de la alta sociedad judía de Viena que tal vez fue su amante emerge de un resplandor liso de oro. Y el vestido, cuando se mira de cerca, es un mosaico alucinante de signos que parecen jeroglíficos egipcios y también células humanas vistas al microscopio y símbolos primitivos de fertilidad. Nada es en principio más convencional en la pintura que el retrato de una mujer rica. Klimt cumple el encargo y a la vez le da la vuelta, mostrando al mismo tiempo el rango social y la belleza y las ansiedades y los deseos que están latiendo por dentro, que se revelan en unos labios entreabiertos, en una mirada demasiado fija, en unas manos delgadas que se retuercen como a punto de quebrarse.

París es la capital obvia de la modernidad en esos años, pero en Viena estaban sucediendo cosas tal vez de mucho más calado, en las artes y en las ciencias, en los puntos de cruce entre unas y otras. En Viena, en la segunda mitad del siglo XIX, la medicina avanzó más que en ninguna otra parte para convertirse en una disciplina científica. Y es probable que en ninguna otra ciudad de Europa estuvieran tan mezclados científicos, escritores, músicos y artistas. La historia es conocida, y nos atrae más porque sabemos que su esplendor acabará en desastre. Por la Viena de Klimt, de Kokoschka, de Mahler, de Schnitzler, de Adolf Loos, de Freud, deambulaba el joven Hitler resentido y hambriento, privándose de comer para asistir a los montajes revolucionarios de las óperas de Wagner que dirigía Mahler. Y era allí también donde trabajó en una tienda de ropa femenina moderna una diseñadora joven que se llamaba Emilie Fölge, y que aspiraba a liberar a las mujeres de la opresión bárbara de los corsés, con prendas livianas y simples, dúctiles al movimiento.

Durante muchos años, Klimt y Fölge mantuvieron una camaradería que probablemente era también sexual, y que sin duda influyó en el modo en que Klimt dibujaba y pintaba a las mujeres. En la Neue Galerie, donde está el retrato de Adele Bloch-Bauer, el 150º aniversario del nacimiento de Klimt se celebra con una exposición que incluye otros retratos de mujeres y algunos de esos dibujos eróticos en los que el trazo mismo de los contornos tiene una cualidad impúdica y delicada de caricia. Fui a verlos el otro día y pensé en el modo tan distinto en que Picasso pinta y dibuja a las mujeres. Las mujeres de Picasso están vistas desde fuera. Tienden a ser modelos en el taller, o prostitutas, o estatuas ensimismadas, o caricaturas. Existen como proyecciones de la mirada del pintor. Las de Klimt habitan en un recinto de intimidad soberana, solas o en parejas, abrazadas a un hombre o a otra mujer, dueñas de su deseo, carnales y enjutas, olvidadas del pintor que las está dibujando o respondiendo a su mirada con otra mirada no menos directa.

El científico y premio Nobel Eric Kandel acaba de publicar un tratado formidable sobre las bases psicológicas y neurológicas de la percepción estética, The Age of Insight, que tiene su punto de partida en esa otra modernidad vienesa del principio de siglo, no menos radical que la de París, aunque con un final mucho más amargo. En la portada del libro de Kandel brillan los oros bizantinos del retrato de Adele Bloch-Bauer, su mirada inteligente y triste. Otros porvenires fueron posibles y quedaron malogrados, pero lo que sucedía en los estudios de los pintores y de los arquitectos, en los laboratorios de los científicos, en los cuartos de trabajo de los escritores de esa ciudad destinada al desastre, nos sigue alumbrando todavía. Y en el mundo visual de Gustav Klimt mujeres y hombres se relacionan con mucha más naturalidad que en el de Picasso.

Gustav Klimt: 150TH Anniversary Celebration. Neue Galerie. Nueva York. Hasta el 27 de agosto. www.neuegalerie.org.
The Age of Insight. The quest to understand the unconscious in art, mind and brain, from Vienna 1900 to the present. Eric R. Kandel. Random House, 2012. 656 páginas.
antoniomuñozmolina.es/


el dispensador dice: la modernidad pasa de moda, tanto como sus protagonistas, pero siempre algo queda y se distingue, de manera semejante a una letanía que perdura en el inconsciente colectivo de la siguiente generación, algo inexplicable que late de modo más o menos intenso... cuando llegas a la Tierra, naces luego de un viaje regular de nueve meses en un caldo conocido como el "baño de madre", te encuentras con que estas indefenso ante el mundo, no eres nada y dependes al ciento por ciento de las iniciativas protectoras de tus familiares, padres, abuelos, eventualmente hermanos, que van generando afinidades que se sostendrán a lo largo de tus tiempos respirables, pero sólo allí, acercándote al sentido de finitud que caracteriza a la vida en este lado del universo... creces, te vas criando, y despiertas con la tranquilidad que el SOL sale todos los días y que la LUNA está allí, dando vueltas, tal te lo han asegurado tus abuelos... ya nadie recuerda qué sucedió mucho antes de ellos (varias generaciones por detrás)... como tampoco nadie sabe qué deparará el concierto de las incertidumbres del futuro... y te formas desconociendo que en el universo ocurren cosas de las que ni te enteras... nuevas estrellas... cometas raudos... meteoritos peligrosos chocando con la superficie de planetas que no conoces o de los que nada has oído... sin embargo, todo ese concierto anda solo, sin tu intervención... sin la intervención de tus padres, ni de tus abuelos, o lo que es lo mismo, todo funciona sin que humano alguno participe... y curiosamente, todo funciona armónicamente... cumpliendo tiempos que "alguien" estableció alguna vez, antes del que el tiempo fuese implacable con la piel humana. Entendiendo a la vida como una gracia divina, a medida que la educación y la formación van ganando espacio en tu alma, comienzas a comprender la importancia del don recibido... o también, de los dones recibidos... sin necesidad de aprenderlo de nadie, sencillamente sabes hacer algunas cosas y te distingues por ello... eres bueno para... y eso está bien. Inmediatamente, educación mediante, descubres que esos dones pueden ser transformados en "talentos"... y estos, de alguna manera incierta, signarán tu vida. Y andas tras ellos (talentos), intentando perfeccionar algo que parece estar allí delante, invisible, intocable, intangible, aunque sin embargo, con efecto de pertenencia... algo que tiene luz aún sin detectarse. Mientras tanto, el SOL sigue haciendo siempre lo mismo (Gracias a Dios)... y la LUNA, también. Te duermes, sueñas... te despiertas y enfrentas el tiempo de tus circunstancias, los instantes de tu tiempo respirable, ese donde el alma está constreñida dentro de un cuerpo, con todas sus limitaciones, incluyendo en ello hasta la propia "razón". Con tu talento tu participas de un rasgo de la "modernidad" que hace a tu tiempo... una modernidad que envejecerá contigo y que se irá tal lo hizo millones de veces antes, y tal lo hará otras tantas después de ti. Dependiendo de la calidad del talento, podrás participar durante un lapso efímero de un raro concepto de la modernidad... el reconocimiento o la crítica de tus contemporáneos, que verán en tu obra algo para destacar o también, algo para descartar... pero que sin embargo coexistirá en sus respectivas atenciones. Más allá, un extraño "algo" influirá para que el talento ya expresado y eventualmente, universalizado, permanezca latiendo durante un tiempo por fuera de tu propio tiempo, algo conocido como la posteridad... o lo que es lo mismo, un tiempo fuera del propio tiempo. Por ejemplo, los talentos nubios (no los egipcios que sólo fueron herederos oportunistas) legaron obras líticas que son referencia de cualquier arquitectura moderna, o lo que es lo mismo, su expresión social ha sido y es imperecedera... no pertenece más a ellos... sí lo hace a todo el concierto humano, y curiosamente, dichas capacidades son hoy irrepetibles a pesar de la tecnología arrogante de esta "modernidad". ¿Dónde están aquellos nubios?... vaya uno a saber, o mejor dicho, desde este lado nadie sabe dónde fueron a parar... aunque es de suponer que nos observan desde algún ángulo de las dimensiones contiguas, allí donde moran las almas sin tiempos, sin ciclos, sin aburrimientos. Si debiéramos o pudiéramos establecer una definición, bien podría decirse que los nubios han superado todos los paradigmas de la "modernidad", esto es que habiendo trascendido su tiempo... permanecen en el inconsciente colectivo como algo majestuoso. De hecho, aquellos pasajeros de otra Tierra, con un distinto SOL, y con una diferente LUNA, son inmortales en sus obras... por ende en sus legados... aún cuando ninguno de sus monumentos ni de sus artes, "hable". Las generaciones posteriores pueden "sentir" que dicho legado está cargado de "eternidad", efímera sí, pero eternidad al fin ya que pertenece a la historia humana en toda su dimensión... y dicho ejemplo es perfectamente extrapolable a otras culturas como la persa, la indo, la maya, la azteca, la inca, la mochica, la uru, o cualquiera otra... lo que ellos dejaron, es técnicamente irrepetible... y eso las impregna de inmortalidad. Mucho más acá, hablando en términos de modernidad, aparecen pinturas magistrales... sinfonías magistrales... óperas que movilizan... obras de prójimos que guardan la capacidad de ponerte la piel de gallina, o bien hasta de hacerte llorar... emocionando las fibras y acondicionándolas a nuevas y mejores sensibilidades. Nuevamente, sin haber conocido al autor, reconoces su obra porque ella vibra en tu espíritu... y justo allí, te descubres como pasajero de una TIERRA que te contiene apenas por un tiempo... donde tu talento hacia los "otros", tus prójimos, puede conferirte un minuto de inmortalidad... algo que no podrás disfrutar... pero que servirá para saberte reconocido más allá de tu tiempo. Cuando eso sucede, puedes estar tranquilo, te has ganado un pedacito de cielo... y justamente eso, no tiene precio. Junio 02, 2012.-

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