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Kate Zambreno visita un par de bibliotecas. Coge muchos libros. Se los lleva a casa en bolsas de supermercado, se mete en la cama y los pone todos a su alrededor. “Estos libros prestados son mi fuente de cultura aquí. Me acompañan las mujeres que pueblan las páginas. Mujeres a las que muchas veces se les impidió escribir, y estuvieron en cama, en habitaciones, atrapadas dentro de una casa. Intento resucitar esas vidas”, escribe. “Eso es lo que necesito hacer aquí. Contar sus historias”.
En 2009 Zambreno vive en Akrom (Ohio), donde su marido trabaja como bibliotecario. Todavía no ha publicado nada. Desde su habitación empieza un blog titulado Francis Farmer es mi hermana. Farmer –esa actriz rebelde, díscola, internada en penitenciarías y manicomios– ilumina su investigación sobre las escritoras que en la época del modernismo vivieron opacadas como musas o esposas, nunca consideradas como autoras válidas: Jane Bowles, Vivien(ne) Eliot, Zelda Fitzgerald. Diagnosticadas de histeria, ansiedad, institucionalizadas, un glicht entre lo que deseaban y lo que tenían destinado. Escritoras de diarios, de obras no apreciadas por el canon, cosas de mujeres.
Es en este momento cuando nace el germen de Heroínas –publicada en 2012– la escritura de Zambreno que conocemos muy bien gracias a títulos como Mi libro madre, mi libro monstruo, Derivas o Escribir como si hubieras muerto, todos ellos publicados por La Uña Rota. Le gusta citar a Henry James, que concebía la novela como “un monstruo desgarbado” o la idea de Montaingne del ensayo como intento, algo intrínsecamente exploratorio. Zambreno hace un ejercicio crítico sin ocultar el yo, sino poniéndolo en primer plano, un yo con cuerpo: una mezcla de memorias, anotaciones de diario, teoría e historia literarias, siempre desde lo fragmentario, una especie de libro vivo que revienta el canon literario académico, señala sus grietas, sus consensos. Un lugar desde el que cuestionar qué es literatura y desde dónde se enuncia y se recompensa.
“No podemos quedarnos esperando a que nos descubran. ‘Si no puedes escribir obras maestras, ¿para qué escribir?’, le dijeron los médicos a Zelda. (…) Puede que lo importante al final sea escribir, por dios, escribir y no borrar nada mientras estemos vivas, y usar todos los medios posibles por gritar, cantar, quemar. Todas esas cosas. Escribir porque es lo que deseamos hacer, porque tenemos esa necesidad, y no permitir que nos ignoren o que nos detengan”.
Si miras las mesas de novedades, es evidente que ese germen prendió fuerte y que Zambreno fue una de sus impulsoras.
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