lunes, 20 de mayo de 2019

Supuestas zonas prohibidas | Babelia | EL PAÍS

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Supuestas zonas prohibidas

Wendy Guerra parte de un interesante material sobre la contrarrevolución cubana para escribir una novela en la que se echa en falta la imaginación e inventiva de la autora

Soldados cubanos en Angola, en diciembre de 1988. 
Soldados cubanos en Angola, en diciembre de 1988.   (AFP / GETTY IMAGES)
La cubana Wendy Guerra se vale del testimonio de un secreto protagonista de la contrarrevolución cubana, renombrado como Adrián Falcón, para dar fuste a lo más interesante de El mercenario que coleccionaba obras de arte, una novela nada maniquea acerca de las paradojas de las fuerzas latinoamericanas que entraron en conflicto durante la Guerra Fría. A través del “diario de campaña” de este terrorista de mil nombres y varias personalidades (aunque es más bien un fragmentado ejercicio de memoria retrospectiva, y no un diario) conocemos el primer exilio isleño en Miami, la poco conocida experiencia cubana en la guerra de Angola, la financiación de la resistencia a Castro con el dinero de los cárteles de la droga colombianos y mexicanos, y las complejidades del apoyo del Gobierno de Reagan a la Contra nicaragüense con la venta de armas a su archienemigo Irán. La historia de Falcón es lo mejor de una novela que encuentra su primer conflicto en la contrafigura de este héroe atípico: Valentina, una cubana a punto de cumplir los 40 años, hija de diplomáticos afectos a Castro, viaja a París para vender los cuadros de un artista cubano revalorizado. El coleccionista interesado en la compra será Falcón, convertido en un atractivo bon vivant de más de 60 años…
Supuestas zonas prohibidas
Así, el “diario de campaña” y el encuentro en París de Valentina y Falcón se alternan en un contrapunto de capítulos breves que no consigue sumar una nueva materia. Porque El mercenario que coleccionaba obras de arte sólo lateralmente muestra una historia de Cuba en varios tiempos y ángulos contradictorios (e incluso de buena parte de Centroamérica). Antes bien, la novela se decanta por el arquetipo de Pretty Woman: hombre maduro, rico y poderoso comienza relación tórrida con joven “loquita” (cito). La lucha de poder se traslada al campo erótico, levemente sado (ella, entrenada para “amarrar hombres”, cae “en la trampa de sus encantos”; él, que “puede leer el alma de una criatura a través de su sexo”, “intenta doblegarla” y “violar supuestas zonas prohibidas”), con el decorado de un París de anuncio de perfume. “Solíamos refugiarnos”, escribe Valentina, “en las tiendas y restaurantes más caros”. “Tuve ganas”, añade el coleccionista en la apoteosis del nuevorriquismo cultural, “de cogérmela de pie, allí, frente a mis obras”. Sexo, pañuelos de Hermès y el misterioso encanto del terrorismo reciclado en lujo. La frivolidad que en otras ocasiones Wendy Guerra ha vuelto subversiva, ahora se lee como un inventario repetitivo de “supuestas zonas prohibidas”.
No obstante, el mayor reproche que puede hacérsele a El mercenario que coleccionaba obras de arte es el descuido de la escritura, en especial en el desaprovechado testimonio de Adrián Falcón, protagonista de capítulos apasionantes de la política internacional del último medio siglo. Guerra informa con apremio, pero no recrea escenas suficientemente nítidas. Un ejemplo. Falcón, tras varios años en la cárcel, se reencuentra con sus compañeros de lucha. “El encuentro fue inolvidable, abrazos, chistes, remembranzas, y hasta alguna que otra lágrima de risa”, escribe, y uno echa en falta la imaginación e inventiva verbal de otras obras de la autora. En cierto sentido, Guerra ha estado a punto de dar un salto adelante, por la ambición y por lo afortunado del material de partida. Y si no lo ha conseguido, uno culparía en primer lugar a este estilo precipitado
El mercenario que coleccionaba obras de arte. Wendy Guerra. Alfaguara, 2019. 384 páginas. 18,90 euros.

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