Muere Mark Strand, poeta de la ausencia
El escritor y pintor norteamericano fallece en Nueva York a los 80 años
VICENTE JIMÉNEZ Nueva York 30 NOV 2014 - 19:18 CET
Mark Strand se murió en Brooklyn cuando el invierno, ausente todavía, comienza a asomar su luz esquiva. Fue el sábado, en pleno puente de Acción de Gracias, con frío en la ciudad y nieve en los suburbios, los únicos días del año en que la metrópolis se muestra ausente, casi silenciosa, desarraigada, como si fuera víctima de una suerte de extrañamiento. Mark Strand, de 80 años, se murió cuando Nueva York más se parece a su poesía.
“En un campo/ yo soy la ausencia / de campo. / Esto es / siempre así. / Donde sea que esté / yo soy lo que falta. / Cuando camino /parto el aire / y siempre / el aire ingresa / a llenar los espacios / donde ha estado mi cuerpo./ Todos tenemos / razones / para movernos. / Yo me muevo / para dejar las cosas intactas”, escribió en su primer poemario, Durmiendo con un ojo abierto (1964).
Strand pasó sus últimos años en España, en Madrid, en su casa de la calle Monte Esquinza, donde convivía con la marchante de arte Maricruz Bilbao. Cuando el cáncer asomó en la pasada primavera, regresó a Nueva York con su hija Jessica, fruto del primero de sus dos fracasados matrimonios, tal vez en busca de esos paisajes urbanos ralos y silenciosos de Edward Hopper, pintor al que tanto admiró y al que dedicó uno de sus principales ensayos. “Los cuadros de Hooper son los de un viajero que pasa por ahí y mira a quienes están dentro. Sus cuadros te enfrentan con fragmentos aislados de una narrativa”, declaró a Andrea Aguilar en una entrevista que EL PAÍS publicó en 2010.
Pintor poeta y poeta pintor, Strand escribía como pintaba y pintaba como escribía. En corto, meditabundo, en busca de las emociones ordinarias
Pintor poeta y poeta pintor, Strand escribía como pintaba y pintaba como escribía. En corto, meditabundo, en busca de las emociones ordinarias. Chus Visor, su editor en España, habla de su minuciosidad, de su búsqueda de las cosas concretas, de aquello que podía ocurrir a su alrededor, siempre a la caza del “cálculo exacto de la palabra”.
Pese a que la poesía de Strand guarda algo de ese silencio que dejan las nevadas, entre la meditación y la contemplación, vivió su vida con plenitud, acompañado de un físico imponente, entre Paul Newman y Clint Eastwood. Nació en Prince Island, en Canadá, en 1934. Su condición insular no le impidió ser un viajero impenitente, alentado desde niño por continuos traslados debidos a la condición de directivo de Pepsi Cola de su padre. Pasó su infancia en Cleveland, Halifax, Montreal, Nueva York y Filadelfia. Siendo adolescente, estuvo en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español suficiente para leer y entender a Rafael Alberti y Octavio Paz, poetas ambos a los que tradujo. Ya de adulto pasó largas temporadas en Brasil, Italia y España, donde alternaba su afición por los toros con su gusto por la comida y largas conversaciones en las tabernas.
Su primera pasión fue la pintura. Como reconoció más tarde, la idea de convertirse en poeta no figuraba en su cuadro de mando inicial. Pero fue durante su licenciatura en Bellas Artes en Ohio, en 1957, cuando descubrió las palabras. Estudió poesía italiana en Italia en 1960 con una beca Fullbright. En los años setenta ya era un poeta reconocido, aunque los galardones llegaron más tarde: Poeta Laureado de Estados Unidos en 1990 y Premio Pulitzer en 1999, entre otros. Deja 12 libros de poemas, además de relatos, ensayos y libros infantiles. Su últimas creaciones fueron collages, expuestos este otoño en Nueva York. Su último libro, una antología de su obra poética, también se publicó este año.
Con Mark Strand se va uno de los poetas más personales y admirados de Estados Unidos, un creador de la muerte, el vacío y la ausencia, una voz mística en un cuerpo mundano
Strand describió su territorio poético en una entrevista de 1998 como “el yo, el borde del yo y el borde del mundo”. “El tiempo transcurre rápidamente, / nuestras penas no se transforman en poemas, / y lo invisible permanece como es. / El deseo ha volado, / dejando sólo un rastro de perfume tras de sí”, escribió en Tormenta de uno, uno de sus libros más importantes.
Con Mark Strand se va uno de los poetas más personales y admirados de Estados Unidos, un creador de la muerte, el vacío y la ausencia, una voz mística en un cuerpo mundano, irresistiblemente abierto al mundo y en permanente despedida. “Me vacío de los nombres de los otros. Vacío mis bolsillos. / Vacío mis zapatos y los dejo al lado del camino. / Cuando se hace de noche atraso los relojes. / Abro el álbum de fotos familiares y me miro de chico. / ¿De qué sirve? Las horas hicieron su trabajo. / Digo mi propio nombre. / Me despido” (Más oscuro, 1970).
OPINIÓN
El verso que vive
Hay una sorprendente continuidad de experiencia profunda en la poesía de Mark Strand que consiste en que en ella la existencia se percibe como esencialmente frágil y efímera, amenazada siempre por el vacío, la nada y la más absoluta incertidumbre, incluida la de la propia identidad. Las cosas son más o menos así desde un libro temprano como Reasons for Moving (1968) hasta Casi invisible(2012). Sin embargo, junto a ello se alza otra dimensión en su poesía, más luminosa, mucho más celebrativa, por no decir en ocasiones iluminativa (Wordsworth, Stevens, Wright).
Por un lado: “La puesta de sol. Los prados ardiendo. / El día perdido, perdida la luz. / ¿Por qué amo lo que huye? /... Guardián de mi muerte, / custodia mi ausencia”. Por otro: “El paisaje / nos ha abierto sus brazos y entregado santuarios maravillosos / a los que acudir”.
Ciertamente “sufrimos la enfermedad de ser”, como ocurre en la pintura de su admirado Hopper: “Se quedaron callados y no supieron cómo empezar / el diálogo que era necesario. / Las palabras fueron las primeras en crear divisiones, / en crear soledad. / Esperaron. / Pasaban las páginas con la esperanza / de que algo sucediese /... No hicieron nada”. Pero, no menos ciertamente, tenemos acceso al amor, la salvación: “La llegada del amor, la llegada de la luz… / Incluso… los huesos del cuerpo brillan / y el polvo venidero resplandece en el aliento”.
Conviene recordar que su poesía se expresa de una manera en cierto modo engañosa: la claridad de las enunciaciones esconde una complejidad de los trasfondos, como ocurre en la mejor poesía; traspasa la muerte física del poeta y donde se produce “la luminosa conjunción de la nada y el todo”.
Un viajero del idioma español
Instalado en Madrid desde 2011, la pasada primavera regresó a Nueva York por un cáncer
El pasado nueve de octubre sobre el escenario del auditorio del New School en el West Village de Nueva York, Mark Strand cerró el homenaje, que 17 colegas le ofrecieron por su 80 cumpleaños, haciendo gala de su legendaria ironía: “Si yo fuera poeta esos serían los poemas que habría escrito. Y si fuera un poeta con amigos, estos serían los amigos que habría elegido para que los leyeran. Pero, espera, ¡si soy poeta”. Premio Pulitzer de Poesía, ganador de la beca McArthur y poeta Laureado de Estados Unidos, Mark Strand (Canadá Isla del Príncipe Eduardo, 1934) una de las voces más brillantes y elegantes de la poesía estadounidense contemporánea falleció el sábado en Brooklyn, en casa de su hija Jessica, acompañado por su pareja, la marchante de arte española Maricruz Bilbao.
Instalado en Madrid desde finales de 2011, la pasada primavera decidió regresar a Nueva York aquejado de un cáncer. Pero la enfermedad no impidió que este otoño inaugurara una exposición de sus collages en la galería Lori Bookstein de Chelsea, y que se publicara un volumen de su poesía completa (Collected Poetry, Mark Strand, Knopf, 2014). Pintura y verso fueron los dos polos de su carrera, que deja 12 poemarios, dos libros de relatos, tres libros infantiles, media docena de antologías y tres ensayos sobre arte, uno de ellos (publicado por Lumen en español) dedicado a Edward Hopper, un pintor con cuyos retratos de una América extraña y solitaria, Strand sentía una particular conexión. “Recuerdo tomar el tren de el cañón de Winchester a Nueva York. Antes de entrar en el túnel de Grand Central podías ver todas esas ventanas de las casas. Los cuadros de Hopper son los de un viajero que pasa por ahí y mira a quienes están dentro. Sus cuadros te enfrentan con fragmentos aislados de una narrativa”, declaraba en una entrevista a este periódico en 2010.
En su juventud Strand pensó que sería pintor. Se graduó de Antioch College en 1957 y fue a Yale a estudiar con el artista Joseph Albers. En 1960 se mudó a Florencia para estudiar literatura durante un año. Strand había decidido hacerse poeta. En Iowa, donde trabó amistad con Philip Roth terminó su primer libro y empezó a dar clases antes incluso de haberse graduado en el taller literario. Continuó su trabajo docente en Utah, Chicago, Nueva York o Boston, hasta este mismo otoño cuando impartió un ultimo taller de escritura en la Universidad de Columbia. Junto a sus amigos los también poetas Charles Simmic y Charles Wright dinamizó la escena poética estadounidense. Tradujo a Rafael Alberti y más adelante a su amigo Octavio Paz, una de las dos personas más inteligentes que había conocido, le gustaba decir. La otra, fue el también poeta y amigo Joseph Brodsky.
Aficionado al fútbol, al baloncesto, a los toros, apasionado cocinero, tímido y cercano, Strand con su más de un metro noventa de estatura, mandíbula cuadrada y afilados ojos azules tenía un aire a estrella cinematográfica. Construía sus bromas y reflexiones en versos cortos y certeros, y en ellos mantuvo siempre una distancia de seguridad, que aumentaba la potencia del sentimiento y de su humor. Como en Las cosas enteras, poema de su primer libro de 1963 traducido por Octavio Paz:
En un campo /soy la ausencia / de campo. / Siempre / sucede así. / Dondequiera que esté / soy aquello que falta. / Si camino / parto el aire / mas siempre / vuelve el aire / a llenar los espacios / donde mi cuerpo estuvo. / Todos tenemos razones / para movernos: yo me muevo/ por mantener / enteras a las cosas.
...
el dispensador dice:sensaciones curiosas,
naces y subes a un tren junto con tu gracia,
cambian vagones,
la locomotora siempre es la misma,
pero distinto es el trayecto,
tanto como se cambian las vías,
suben gentes,
bajan gentes,
las estaciones no están presentes,
o al menos no eres consciente,
de ellas o de sus estados vigentes...
viajas,
cambian paisajes,
se modifican los horizontes,
suben personas,
bajan personas,
cambian los rostros,
cambian las rosas,
nuevos jazmines,
jardines donde los suelos recogen hojas...
el tren es eterno,
nada lo frena,
ni la razón ni el sentimiento...
y todo se va agregando,
a medida que la historia va cambiando,
algo se va escribiendo,
mientras otro algo se va borrando,
el recuerdo perdido,
es un olvido ganado,
por algo habrá sido,
pero el pasado permanece flotando...
y así como así el tren va arribando,
a una estación donde el andén está solo,
mientras hay una campana sonando,
es hora de irse...
¿pero cómo, si yo venía viajando?,
sí, pero aquí cambia el tren,
desaparece el tiempo,
y ahora es la luz... la que te está esperando...
y este tren es más cómodo,
en la estación se evapora el dolor acumulado,
todo es sentimiento genuino,
justo como lo había pensado.
DICIEMBRE 01, 2014.-
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