viernes, 13 de marzo de 2009

EL OTRO LADO, primera parte... segundo capítulo



EL OTRO LADO I

II - COMIENZA LA LECTURA
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Juan Carlos Giampaolo intenta cobijarse del viento porque con él la lluvia pega desde todos los ángulos. Se mojan los pantalones, la camisa, el pelo y ya no hay paraguas que resista las inclemencias del tiempo.
El efecto invernadero se manifiesta con todas sus fuerzas.
Todo es extraño, hasta las lluvias.
El nuevo tenedor del documento camina pensando en que debe buscar un colectivo que lo lleve a su casa en Flores sur. No hay mucho para elegir. Desde allí sólo el 132, un lujo entre el transporte público de Buenos Aires.
Pero Juan Carlos no sabe si subir o no.
El encuentro que acaba de concluir produce en él un efecto de "antes y después. La pregunta loca sigue atormentándolo: "por qué a mí, realmente soy una mariposa rumbo a todos los radiadores del mundo. O me pego a todo o todo se me pega. Desde siempre".
Luego de lo acontecido tiene ganas de caminar y pensar.
Qué hacer desde ahora en más.
Juan Carlos tiene dos hijas médicas, de las de ahora, y piensa y se tortura elucubrando qué le dirían si supieran de todo esto.
Tiene también dos hijos varones que estudian y trabajan y se las arreglan para sobrevivir en la soledad del abandono.
Toda la vida de su matrimonio lo consideraron un idiota que ponía el pecho por cualquiera.
Incluso hasta sus padres adoptivos, ya fallecidos, le habían señalado a lo largo de su niñez y toda su adolescencia que era un estúpido. Es más su padre le recordaba en aquellos tiempos, todos los días, a cada momento en que se lo cruzaba que era una basura y que su único motivo en la vida, desde su nacimiento, había sido complicarle la vida y molestarlo con su sola presencia.
En algún momento, muchos años después, dichos semejantes de su propia esposa lo habían llevado a alejarse de todos y de todo, haciendo un cambio de sintonía a su vida y asumiendo una soledad, que en el fondo era su mejor compañía.
Muchas veces se está solo aún estando acompañado. Y cuando esto sucede, es mejor estar definitivamente solo.
Sus hijas estaban lejos.
Siempre le había temido a las mujeres. Cuando se lo proponen, su capacidad de daño es infinitesimal. Además se creen dueñas de todo y apelan a cuanto artilugio existe para hacerle sentir a uno que es un mero mortal y que ellas, bajo el legado de Venus, están con el derecho de instituirse en el Olimpo, donde moran únicamente dioses a los que todo les sale bien. Pero en el fondo sabe, conoce, que no todas son así. Sin embargo siente que su vida se está escurriendo y que las posibilidades que se le aparecen ya son escasas y que más vale irse de una vez que transcurrir sus días ahogado en sí mismo.
Caminaba pensando en un borbollón de cosas al mismo tiempo.
Qué hacer con el documento recibido, leerlo por supuesto.
Sin embargo sin hacerlo aún, y teniendo el título como referencia, ya tenía alguna idea de su contenido.
No lo asustaba, por el contrario, le daría gusto acercarse a su lectura.
Pero cómo hacer para comunicarse con sus interlocutores.
Qué estaba ocurriendo para que esta circunstancia lo llevase por delante.
Así, decide continuar caminando.
Se coloca el documento debajo del piloto y como los papeles están protegidos por el ahora cerrado papel madera más por el doble plástico, cierra su paraguas y camina ya bajo la lluvia.
Camina derecho por Avenida Rivadavia.
No es lejos.
Tampoco cerca.
Los pensamientos en su cabeza están igual que el viento afuera.
Todo es un remolino.
Los 54 años le pesan en el alma.
Su vida ha sido hasta aquí una dedicación y entrega permanentes.
Ahora está solo y alejado de todo por propia decisión.
Ve de vez en cuando a sus hijos varones.
Está como Zaratustra, baja del monte y se mezcla con la gente pero no resiste la permanencia.
Con muchísima menos frecuencia se encuentra con sus hijas mujeres ya que en el fondo se sabe, se siente despreciado.
Si supieran el esfuerzo de una vida dedicada a los otros, a los propios y a los ajenos. Si supieran cuántas cosas se dejan de costado por la responsabilidad ante un hijo. Si supieran cuántas veces lloró en silencio y en la peor de las soledades.
Pero eso hoy no le importa a nadie.
Cada uno es artífice de su propio destino, aunque para él el destino está escrito desde que se acuerda el nacimiento de la persona, su envío a los tiempos respirables.
Lo único que lo conforma es la música.
Bach. Lito Vitale. Alejandro Lerner. Diego Torres. Cómo le gustaba como cantaba su madre Lolita, una genia. Dónde habrán ido a parar tantos discos de pasta y de 78 revoluciones. Sarah Brightman. Celine Dion. Astor Piazzolla. Barbra Streisand. Julio Sosa.
Piensa en el verano porteño de Piazzolla.
Qué acordes!.
Piensa en un amigo del alma.
Piensa.
Camina. Se moja.
Alcanza la Basílica de San José de Flores.
Cerrada por la hora.
El quería dar una oración en la memoria de Horacio, pero... cómo hacerlo si el templo está cerrado e inexpugnable.
Piensa para sí que será lo que ve Dios en esto. Los templos dedicados en su honor y gloria atienden igual que el comercio, de 8 a 12 y de 17 a 20. Cuánta barbarie, cuánta estupidez.
Caminando se siente igual que el odontólogo Barreda, preso por matar a toda su familia como reacción final a un desprecio interminable. Sólo Dios sabe si merecido o no pero igualmente interminable, insoportable.
Los sentimientos en la vida son como un vaso al que se le incorpora gota a gota cada afecto. Sin embargo la paciencia también es un vaso comunicante donde a veces los afectos se diluyen y del que otras se nutre. No obstante, el gota a gota de las actitudes que impactan en el individuo, en la persona, suele ser mucho más rápido, más contundente y de golpe, uno se desconoce ante sus propias reacciones porque una sola gota alcanza para desbordar y dejar salir una catarata de reacciones que están llevadas por el íntimo instinto de supervivencia.
Pero eso a los demás no les importa.
En estos tiempos donde toda la humanidad se ha vuelto descartable, los valores destacables se representan únicamente en la capacidad para hacer dinero, aún robándoselo a otros, meándoles el destino, defecándose en sus lágrimas.
Los valores humanos, los propios, los dones, las gracias, son escasamente tenidos en cuenta.
En un mundo donde está todo trastocado, los argentinos estamos en caída libre y presos de nuestras propias miserias e incapacidades. Sin trabajo. Sin expectativas. Tratando solamente de vivir el día. Con el futuro desdibujado. Pudimos haber sido una potencia pero sólo somos un despojo de todo lo que pudimos haber sido y no fuimos. Y encima estamos en culismundis.
Somos parte de una tierra bendecida pero al mismo tiempo diezmada por la angurria política de unos pocos privilegiados que actúan como la mafia, corporativamente en contra de todo aquello que pueda producirles algún daño.
Así se vive en medio de la guerra de las bandas.
Rogándole a Dios no ser una de las víctimas circunstanciales de la barbarie desatada.
Continúa la lluvia.
Continúa el viento.
Continúa el frío.
Sin embargo con tres submarinos a cuestas y un hígado hirviente, un estómago revuelto y un intestino irritado desde siempre, da para caminar y entregarse a todos los pensamientos que vienen y se van igual que las olas del mar frente a una playa.
Cómo estará la tierra amada por su madre, allá en Chapadmalal.
Cómo estará Sierra de los Padres.
Cómo estarán los pastos de Alegre, Ranchos, Villanueva, General Belgrano. Esa tierra amada a la que tantas veces la han agredido robándole pedazos de pobreza.
Se habrán quebrado muchas ramas?...
Pensar que en algún tiempo solamente había una bomba de agua entre la maleza.
Cuánto esfuerzo despreciado.
Y si hubiese permanecido en Alemania y no hubiese regresado nunca jamás, a quién le hubiese importado.
Pero la responsabilidad y la convicción de la entrega siempre están primero, aún cuando los demás no le den valor. Así debe ser. Así está escrito que debe ser. El autoconvencimiento es bueno para superar los pasos, cada uno de ellos.
Qué dirá la porquería ésta que le acaban de entregar.
Un cura y un rabino, juntos?. MMMmmm...
No serán agentes de la CIA.
No serán de la SIDE. No porque a esos solamente les da el mate para depredar las conciencias ajenas.
Cuánto dolor hay en esta alma. Por Dios.
Cuando esperaba encontrarse en paz consigo mismo asumiendo el descanso del guerrero se enfrenta a un volver a comenzar. Sin más. Una de las tantas que le ha tocado.
Su pretensión estaba en recluirse en el campo para mirar llover desde la tranquera. Caminando debajo de los rayos, esperando que alguno le hiciese impacto y lo evaporara sin más.
Había plantado un bosque de moras para verse enterrado allí, en el medio. Donde el terreno es bajo y se inunda.
Pero es feo ahogarse. Es mucho sufrimiento ver que se está dejando de respirar. Ese sentimiento lo trae desde su propia madre que murió de asfixia y el siente que no es bueno darse cuenta que se está dejando de respirar.
Pero qué contendrá este documento.
Así, cuadra tras cuadra, llega a su reducto.
A su santuario.
En el bajo Flores.
En Francisco Bilbao y San Pedrito. Cerca de allí.
Una casa que comparte con un amigo del alma que lo recogió cuando ya no tenía a quien recurrir ni a dónde ir. Otro abandonado del destino con una vida semejante. Llena de dolor y olvido.
Una casa pequeña. Vieja. Pero acogedora.
Traspone la puerta.
Enciende la estufa y la pone bajita porque la casa que tiene viejas paredes de adobe plano es muy calentita.
Llena la pava con agua.
Busca su mate de algarrobo.
Encuentra su bombilla.
Coloca unas cáscaras de naranja y limón en el fondo.
Le agrega una pizca de azúcar.
Le hace un piso con yuyos que sólo él conoce. Hay boldo. Hay carqueja. Hay cardo mariano. Hay otros cardos, hay plantas que sólo él sabe qué son y de dónde las consigue.
Una hoja de Stevia.
Luego una mezcla de yerba, única. Hecha con sus propias manos.
Unas batidas para que todo se mezcle bien y se impregne.
Sobre el final, en la superficie la fabulosa rica - rica. Ese yuyo de San Antonio de los Cobres, y del altiplano Boliviano, que es lo único que le calma los terribles dolores intestinales que repercuten en su hígado y en sus riñones, que gracias al cielo, aún funcionan bien.
Qué daría por estar ahora en Santa Rosa de Tastil, sentado a la vera de las ruinas. Leyendo este documento en paz. Teniéndolo a Dios como único testigo.
La pava comienza a sonar.
Su amigo del alma aún no llega.
Dónde andará mojándose. El viejo Manolo. Gallego cabrón como pocos.
Hoy ya no hará nada.
Sólo leer lo que le han entregado.
Qué hacer con semejante carga agregada a la mochila del espíritu.
En medio del vórtice de ideas y confusiones, busca un sillón viejo y desvencijado y se zambulle. Se hunde. Toma el documento.
Gracias al cielo las hojas están numeradas.
A leer.
Siente que se coloca un traje de buzo.
De los viejos. Esos pesados con mucho bronce.
Se coloca la escafandra.
Le abren el oxígeno.
Se suelta hacia el vacío.
Se deja caer.
Juan Carlos Giampaolo, la que te espera...
Se sumerge, pensando cómo se estarán riendo de él el cura y el rabino.
Se hunde.
Debe llegar al fondo.
El agua está un poco pasada pero el mate está bueno.
Está delicado.
Oportuno.
A leer. No, momento.
Que suene Bach. Música oportuna para el momento.
Dónde estará Manolo?.

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