domingo, 25 de agosto de 2013

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El club de los libros interminables | Cultura | EL PAÍS

LIBROS / REPORTAJE

El club de los libros interminables

'Ulises', 'Moby Dick' o 'El señor de los anillos' son algunos de los títulos más abandonados

Los motivos por los que tiramos la toalla dibujan la evolución de las pautas de lectura globales


Para los lectores, el peor defecto de una novela es que sea lenta. / Corbis

En Como una novela (Anagrama), Daniel Pennac propone un decálogo para el lector, en cuyo tercer punto reconoce “el derecho a no terminar un libro”. Una libertad que —a veces de forma impulsiva y otras, tortuosa— ejercemos con más del 55% de las obras compradas en formato digital, según datos del fabricante de e-books y aplicaciones literarias Kobo. Y aunque son los títulos más vendidos y reconocidos por la crítica los que acaparan el protagonismo, estos volúmenes que se caen de las manos, los repudiados, pueden resultar igual de trascendentes. Las obras que desechamos, las razones por las que lo hacemos y la página en la que sucumbimos no es algo anecdótico. Estos datos revelan la evolución de los hábitos de lectura globales, la distancia que separa lo que nos gustaría que nos gustase de lo que, en realidad, nos gusta y “hasta el tipo de persona que somos, si nos ponemos un poco freudianos”, en palabras del novelista Rafael Reig.
Goodreads, la comunidad de lectores más grande del mundo, realizó recientemente una encuesta entre 7.500 usuarios —supera los 20 millones— para elaborar la lista de los más abandonados. Un ranking encabezado, en la categoría de clásicos, por Trampa 22, de Joseph Heller; El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien; Ulises, de James Joyce; Moby Dick, de Herman Melville, y La rebelión de Atlas, de Ayn Rand.

Entre los más desertados están los libros a los que el lector llega atraído por su éxito en el cine o el tamaño de su club de fans
De entre todas ellas, la novela de Tolkien es la única que, irónicamente, también forma parte del club de los best sellers. “Se trata de una de las obras más vendidas y pirateadas de la historia. Entra dentro de lo normal que haya un porcentaje significativo de compradores que no la acabe”, defiende José López Jara, responsable de Minotauro, el sello que la edita en España. Aunque también reconoce que El señor de los anillos lidera una categoría concreta de libros abandonados: la de aquellos a los que el consumidor llega atraído por el éxito de sus adaptaciones cinematográficas y las dimensiones de su club de fans. Como argumenta Teresa Corchete, coordinadora del grupo de lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, “esperan un producto trepidante y comercial, y se encuentran una historia compleja, vasta y rica en pormenorizadas descripciones”. Con capítulos tourmalet como el de Tom Bombadil, que termina en pájara para la mitad de los lectores, pero sin el que obra no sería igual, según sus seguidores más devotos.

El ‘top 5’ del instinto gregario

Además del ranking de libros clásicos más abandonados, la comunidad online de lectores Goodreads ha elaborado otra clasificación, la de los grandes éxitos comerciales inacabados. Según la directora literaria de Debolsillo, María Casas, muchos lectores llegan a estos títulos por curiosidad o siguiendo el silogismo gregario por antonomasia: “Si le ha gustado a tanta gente, a mí también me gustará”. Pero no siempre es así y, según su experiencia, los consumidores se muestran mucho menos compasivos con estas obras que con otras alabadas por la crítica o con los clásicos. “Suelen ser más persistentes porque creen que deben leerlas, o se perderán algo realmente importante. Pero si Cincuenta sombras de Grey te desilusiona a las 20 páginas lo dejas y a otra cosa. Has invertido dinero en un entretenimiento que el libro no te devuelve, y nada más”.
Según los lectores de Goodreads, los best sellers más indigestos son:
1. Una vacante imprevista, de J. K. Rowling.
2. Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James.
3. Come, reza, ama, de Elizabeth Gilbert.
4. Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson.
5. Wicked, de Gregory McGuire.
Ulises y Moby Dick, ambos publicados por Debolsillo, son otros clásicos de la deserción. Incluso María Casas, directora literaria de esta editorial, confiesa que tardó tres años en llegar a la última página de la novela de Joyce. “Sabía que el esfuerzo merecería la pena”, se ríe. Ella personifica ese 38% de lectores que, según el estudio de Goodreads, terminan cualquier título que empiezan, cueste lo que cueste. “Aunque se les haga bola como filete correoso”. Son los perseverantes. Aquellos que, según el psicólogo clínico Matthew Wilhelm, “sienten ansiedad ante las actividades inacabadas”.
Todo lo contrario que el editor de Minotauro, prototipo de lector alfa. López Jara se jugó una cena con sus compañeros de universidad a ver quién conseguía someter primero a Ulises. Tuvieron que pagarla entre todos. La indigestión literaria fue general. “Soy de los que piensa que hay muchos libros que leer en la vida y muy poco tiempo, así que mejor no desaprovecharlo”, apunta.
Como premio Tusquets, profesor de la escuela de creación literaria Hotel Kafka y librero, Rafael Reig respalda el abandono de libros sin remordimientos. Sin compasión. Sin vergüenza. “Creo que lo verdaderamente preocupante no es dejar un libro que no te gusta, sino pasar meses sin que lo que lees te suponga ningún esfuerzo. Eso significa que no estás creciendo como lector. Es como ir al gimnasio: desarrollas un músculo que te dota de más capacidad y te permite llegar más lejos”. Para el escritor, el entretenimiento no debe asumirse como fin absoluto de la novela. “Hay gente que disfruta con la comida rápida, pero también se puede aprender a tener mejores placeres”.

El ‘slow reading’ se postula como alternativa para los hastiados de ‘ametralladoras’ argumentales
Tan revelador como los títulos que se dejan, son las razones por las que se tira la toalla. Y sorprende que la más común no sea, según la encuesta de Goodreads, “lo mal escrita que está” (una deficiencia que solo causa el 19% de las deserciones), la falta de argumento (8,5%) o “su extrema estupidez” (9%). El peor defecto para el 46,4% de los lectores es que la obra sea lenta.
La directora literaria de Debolsillo lo sabe bien. “Cuando tenemos entre manos un manuscrito que puede llegar a ser un best seller, siempre se intenta que en los primeros capítulos haya algo escabroso o que suceda algo muy fuerte. El lector necesita que una novela le envuelva en las primeras 50 páginas o la dejará”. De hecho, casi la mitad de los miembros de Goodreads no llegan a la 100. Pero Casas concede que no hay reglas universales y recuerda el caso de El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Sus editores quisieron suprimir el arranque. Era demasiado pausado, decían. Pero el escritor se negó y la obra se convirtió en un fenómeno.
La dictadura de la gratificación (literaria) inmediata tiene su origen, según Teresa Corchete, en la vida digital. Las redes sociales, los whatsapp y correos electrónicos generan, en su opinión y en la de muchos expertos, “un cambio de tempo a la hora de afrontar la lectura”. Un nuevo sentido del ritmo que también está detrás de la querencia por el estilo entrecortado y de frases breves en detrimento de “las construcciones más complejas y de la pobre subordinada”.
Nada nuevo, solo el sino de la evolución, según López Jara: “Somos una civilización cada vez más dependiente de la imagen. Las descripciones de Moby Dick son increíbles y prolijas porque en el siglo XIX no había televisión y debían evocar hasta el último detalle, pero hoy esas mismas descripciones son las que pesan como un yunque sobre el lector”.
Por eso y, como coordinador del club de lectura del Hotel Kafka, Reig insta a sus miembros a vencer la comodidad de un gusto y unas expectativas moldeadas por la cultura audiovisual. “La edad media también era audiovisual: la gente era analfabeta y el cura señalaba los frescos. Es una condición que te infantiliza. Yo prefiero vivir en el Renacimiento”, espeta.
Pero lejos de un discurso derrotista sobre la vigencia de los densos clásicos, el editor de Minotauro defiende la teoría de la reacción. De la misma forma que el mercado de los vinilos cobra una fuerza inesperada en la era de Spotify, “el slow reading se postula como una alternativa contracorriente” para lectores hastiados de ametralladoras argumentales.
Aunque la velocidad narrativa, el estilo o la temática no son siempre el problema. El momento vital en el que se afronta el libro también resulta determinante. Reig confiesa que la primera vez que se acercó a Trampa 22 —“una visión de la guerra absolutamente desoladora”— desistió por aburrimiento. Dos años después volvió a intentarlo y descubrió “un humor negro divertidísimo, una obra fácil y una gran recompensa final”. Porque algunos libros, como algunas personas, merecen una segunda oportunidad.


el dispensador dice:
hay libros que se leen lentos,
sus letras pesan y atropellan como ciertos vientos,
sus tramas son plomos sin tiempos,
exigen regresar los párrafos,
para desentrañar los sentidos de cada sentimiento...

parecen aburrir,
pero en verdad es cuestión de tiempo,
es necesario recurrir,
haciendo notas en los márgenes,
conectando las historias,
los personajes,
sus caídas y sus glorias,
gestas donde no hay victorias,
donde las aguas cursan en divisorias,
donde pierden los que se vanaglorian,
donde no alcanzan las oratorias,
para finalmente descubrir,
que siempre la vida es giratoria...

cuando los terminas de leer,
regresan siempre a la memoria,
creando paralelismos,
que variabilizan las trayectorias...

en verdad es bueno saber,
que a pesar de tratarse de "novelas",
sólo hay barcos de velas,
transitando por la historia...
y todo lo que dejan entrever,
son aguas elevadas por alguna noria,
que hará que todo se parezca,
imágenes ondulatorias,
donde el alma parece anidar...
articulación sublimatoria...

página tras página he ido dejando,
algo de mi alma,
y otro tanto del aura vibratoria...
ahora las páginas laten,
leyéndose a sí mismas,
buscando a quién las recorra.
AGOSTO 25, 2013.-

 

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