viernes, 18 de octubre de 2013

LAS ENTELEQUIAS DE PANDORA || UCRONÍA || interruptor_Utopías negras

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YA NO HAY PRINCESA QUE CANTAR

Utopías negras

Amir Hamed

Distopía. Las ficciones de los últimos siglos nos han llevado a pensar que las distopías ocurren en el futuro. El Brave New World de Aldous Huxley, el Fahrenheit de Bradbury, La máquina del tiempo de H G Wells o Soy Leyenda de Richard Matheson, seguidos por infinidad de películas y series de televisión nos convencieron de que acaso una falla de nuestro mundo actual pueda desembocar en una utopía negativa, o contrautopía, lo que se entiende es el opuesto de la utopía. Sin embargo, es preciso, en primer lugar, entender que la oposición no es reversible: la utopía no se contrapone a la distopía; la genera. Del mismo modo, al distopista no se le puede confrontar una utopía. La distopía, en ficción, a menudo muestra las fallas de un mundo que, en apariencia, es mejor que el nuestro (es decir, es utópico), como en el caso de la narración de Wells, que presenta a los eloi como seres inocentes y llenos de gracia, desentendidos de la escritura y del trabajo, se dijera vueltos a una inocencia roussoniana o edénica, si bien pronto se descubre que el eloi tiene menos de Edén que de desayuno, ni bien emergen unas fuerzas del subsuelo, los morlocks, la otra rama de la evolución de los humanos, que los cazan para comérselos. Y si bien una utopía se puede revelar distopía encubierta, esto tampoco es reversible. No hay forma de presentar una distopía y convertirla en algo utópico: no hay distopía que sea, en el fondo, utópica.

Lo distópico, en términos narrativos, exhibe los límites del pensamiento utopista. La palabra utopía fue amonedada, como todos sabemos, en 1516 por Thomas Mor
e, al narrar un reino ficticio inspirado en las crónicas y relaciones de viaje a aquellas tierras que los mapas de entonces dibujaban como isla y nombraban como Terra incognita, y que hoy conocemos como continente bajo el nombre de América. Utopía era la isla del rey Utopo, que gobernaba su comunidad de fábula según ideales filosóficos y políticos, al modo de los atlantes, pobladores de la sapientísima Atlántida imaginada por Platón. Ahora bien, si Platón ubicaba la civilización ideal en el pretérito, para inspirar el presente, Moore la situaba en un lugar imprecisable pero contemporáneo: en cualquier momento, parecía decir Moore, casi sin quererlo, tropezamos con Utopía.

La etimología de este nombre griego se puede derivar, o se ha derivado, de los prefijos eu (bueno) o u (no) y topos (lugar). Don Francisco de Quevedo y Villegas, individuo poquísimamente crédulo, en la centuria siguiente la traduciría llanamente: “no hay tal lugar”. Estima el Oxford English Dictionay que fue en el siglo XIX, hervidero de utopías sociales y tecnológicas, cuando el utilitarista John Stuart Mill amonedó la otra voz en un discurso ante la cámara de los comunes, al denunciar la política de tierras del gobierno irlandés. “Sería un elogio demasiado grande llamarlos utopistas”, dec
ía Mill. “Habría que llamarlos, más bien, dis-topistas, o caco-topistas”. El “término cacotopía, era más antiguo, o acuñado por Jeremy Bentham o por alguien más antes que él; el de Mill tuvo más fortuna y, al yuxtaponerlo al otro, no deja en claro que, si la utopía es un no-lugar, la distopía es un lugar malo.

Ahora bien, aunque la distopía depende de su contrario, tampoco en este caso sucede lo opuesto. No es que sea algo bueno que por algún motivo empieza a funcionar mal, sino un lugar que siempre fue malo, y cuya malignidad es revelada por la proyección de su antítesis. Así, lo que Mill pone de relieve, aunque no desarrolla, es que lo que se vuelve distópico ni bien nos prendemos a una utopía es el presente. Dicho de otro modo, para el utopista el mundo en que vive es una pesadilla, una máquina pésimamente ensamblada, la prueba irrefutable de que reina Satanás, en fin, de que vive en Distopía.

No es que se trate, como en “Imagine”, la canción de John Lennon, de un craso soñador. El utopista, no en vano un platónico, entiende que lo que es real es aquel mundo de Utopo que no alcanzamos, en tanto que eso que los demás llaman realidad, el “quevachaché”, el “esto es lo que hay, valor”, aquello a lo que quieren que nos resignemos es en rigor ficción (ilusión, opinión, sombras). El utopista, para decirlo de una vez, es el verdadero creador de la distopía en que vive porque no se resigna a que la vida sea esa ilusión de Maya en que creen todavía en la India y que, contemporáneo a Mill, y también en Europa, asumió Arthur Schopenhauer.

Platón, sin ir más lejos, estaba convencido de que lo real eran las Ideas, y de que esto que por aquí nos rodea son crasas apariencias, alucinaciones, engaños, a los que nos alientan, entre otros, los estrategas, los retóricos, los médicos, y en grado nada menor, los poetas miméticos (los hacedores de ficción, Homero, los trágicos, Hesíodo) y es por eso que, cuando puede dar cuenta del funcionamiento de una civilización ideal (La república) los destierra. La ficción, que es sueño, o mejor, ensoñación, no tiene lugar en un mundo en el que la realidad es otra, s
olo manejable y entendible por el filósofo.

Cabe agregar que la distopía no precisa de morlocks eloifagos para volverse invivible, ya que a veces se esconde detrás de máscaras plácidas, como la programática y alucinógena que dramatiza el baudrilleardeano comienzo de The Matrix, una idea simple y eficaz que los hermanos Larry y Andy Wachowski estropearon al convertirla en saga; lo que nos recuerda la primera Matrix es que el utopista quiere que le den la bienvenida a otra cosa, aunque ésta no sea más, como explicita el guión, que el “desierto de lo real”. El utopista, por decirlo así, es presidiario de una promesa, la de otro mundo, promesa que se hace más visible cuanto más árido se le hace éste; necesita, como Moisés, como luego los cenobíticos apologistas egipcios, padres del cristianismo, aquilatar en cada grano de arena el desierto para, cuanto más ardido y reseco, empezar a delinear los contornos de aquel mundo que prevé o — más precisamente— quiere prever porque el sueño se lo promete.

No es sueño de soñador sino de visionario: este sueño es un mensaje de los dioses, o de la Episteme, como en Platón, o dictado por las leyes del materialismo, como en Karl Marx. Se trata de un preanuncio, una visión verídica, legítima y legitimada, antípoda del sueño satánico en que, mientras el utopista se arrebata, se aletargan los demás, la incontable muchedumbre de los extraviados. Mi utopía, para decirlo así, es invariablemente la pesadilla de los conformistas, en tanto el sueño de los demás (llamemos así a esos conformistas) es mi pesadilla.

Revolución. Hay un momento en el que los sueños divergentes convergen en unánime pesadilla. Ese momento tiene un nombre adorable: revolución. Para el utopista se trata de una pesadilla jubilosa, un pánico festival de sangre, de balas y detonaciones; un ininterrumpido concierto de ajusticiamientos y sangre sacrificial. Es ese período de tránsito (de necesario, inevitable tránsito) entre Satanás y el advenimiento de la utopía, bajo el formato que le prefiramos (patria, igualdad social, Nirvana pansexual, Reino de los Cielos): cuantas más víctimas le sacrifiquemos, más rápido la utopía, divinidad golosa, bajará hacia nosotros. Así la Revolución Francesa abrió la modernidad en magnos carnavales de sangre estelarizados por su gran diva, la Guillotina, que bajaba incansable seccionando cabezas, primero de aristócratas, y luego, cuando le mezquinaron los aristócratas, de traidores antirrevolucionarios. Como caían las cabezas de los sacrificados por los escalones de las pirámides aztecas para sostener el fulgor del sol que languidece, así, para delicia de los ciudadanos de Francia, se vaciaban de repollos los canastos que ahora se iban llenando con testas recién cortadas.

Es que, por más pacífico que se pretenda el cielo, el cielo es la guerra, como dice Jesús en el Evangelio cuando avisa que vino a poner al hijo contra el padre. Por eso, si la utopía se festeja como la revuelta del lobo y el cordero, que alguna vez dormirán juntos, lo cierto es que, de momento, el lobo asesina y la oveja tiembla, aunque luego la oveja mute, se haga homicida, y sea ahora el pobre lobo el que se estremezca.

 





Por los días de Termidor y Brumario, cuando el ascenso de los burgueses en el filo de la guillotina hacía preciso cambiar el calendario, ya se temblaba menos de hambre y de frío, como temblaban los pobres en el régimen anterior, y se pasaba a temblar de miedo, de terror, y agréguese, también de júbilo revolucionario. Cuando los campesinos se sublevaron, en primera instancia, la aristocracia entendió que se trataba del Gran Miedo, pero cuando se guillotinó al rey y se declararon los Derechos del Hombre que hoy veneramos, Robespierre decretó un reino alternativo, un miedo actualizado a la medida de la Revolución, el Reino del Terror (1793-1794), apoyado en una guillotina cada vez más insaciable que iba cebándose, ahora de a miles, en todo aquello que le sirvieran como antirrevolucionario.

El Terror, es decir, el Terrorismo de Estado, ciertamente precipitó este mundo nuestro: abolió la esclavitud, censó los indigentes, proyectó el código civil, sin mencionar que obligó al tuteo, que es esa relación sin ceremonia ni vasallaje que seguimos sosteniendo con quienes nos rodean. La guillotina, emblema del Terror, terminó, como no podría ser de otra manera, segando la cabeza del propio Robespierre, cuando fuera vencido por la Reacción de Termidor de 1794. Desde ese día, o desde la cabeza sajada de Robespierre, a los otros, a los servidores de Satanás o Distopía, los conocemos bajo el nombre de reaccionarios.

Primaveras. Durante todo el siglo XIX Europa devendría péndulo entre revolución y reacción, entre utopías precipitadas y distopías que regresaban a lo boomerang para reclamar sus fueros. Ya para el siglo XX, las utopías se habían disparado a otros puntos, hacia revoluciones en cuarto intermedio como la Dictadura del Proletariado en la Unión Soviética, ya hace dos décadas difunta, o hacia la China que hoy se mastica al capitalismo, o hacia la última gran esperanza revolucionaria, América Latina, con aquel hombre nuevo y revolucionado que voceaba el Che Guevara. Si la Cortina de Hierro, en su momento, había privado a todos del gran espectáculo de sangre, ya luego habríamos de enterarnos de que la utopía soviética, por ejemplo, y a saber por sus decenas de millones de muertos, se escribía con la misma h de hecatombe con que se escribía el hiper-mega-miedo planetario que marcó la Guerra Fría.

En este punto se puede decir que la distopía, tras la caída de la Unión Soviética, quedó consolidada, ya no como conformismo ni como reacción sino como traición crasa de lo revolucionario, o mejor, como traición que nos ha hecho la propia utopía, que se nos promete bajo formas engañosas, sin cancelar, en todo caso, su imperativo, que es el imperativo de revolución. Es que la utopía no existe ya, y las ficciones de aquí en más serán solo distópicas y/o apocalípticas, pero el imperativo de la revolución seguirá vigente y festejable siempre que podamos deslavarlo de sangre, proclamando revoluciones epistémicas, espirituales, tecnológicas, gastronómicas, futbolísticas, televisivas, empresariales, odontológicas, fiduciarias, del centro, de etiqueta, de software, de hardware, de conectividad, de alumbrado público, de la industria Disney, del reggaetón, del tatuaje, de la soja, educativas, eucarísticas, turísticas, museísticas.

De más está decir que, en caso de ser la mitad de ellas ciertas, es decir, verdaderas revoluciones, no la Tierra sino la Vía Láctea sería incapaz de resistirlas. De más está decir, también, que la idea original de The Matrix, eficaz en un comienzo, se torpedea a sí misma cuando su tercer capítulo se proclama “Revolutions”. Por más que su trama denuncie la carne humana que sostiene un cibermundo gobernado por máquinas, lo cierto es que, en The
Matrix, todo finalmente es un asunto de software que relativiza la guerra y la muerte; tiene algo de videojuego, o más aún, de guerra entre drones, un video juego con armas exterminadoras que, por virtud de la trama, ahora a nadie matan, salvo, por remoto, a ellas mismas. No es solo un juego de guerra sino un juego de guerra soft, y no sólo por lo suave: ya nadie muere, salvo aquel software que se demuestre obsoleto frente al triunfante.

Estas trivializaciones nos hablan, de todos modos, de la necesidad de enunciar la revolución, un valor siempre deseable, pero mintiéndola indolora. Así, en los últimos tiempos, la inconsolable estupidez de nuestros días, que no cesa de confundir la realidad con el branding publicitario, la secuestra, sea bajo adjetivos, sea bajo sinónimos forzados. Como se sabe que la revolución, más allá de The Matrix, duele, a una serie de rebeliones populares de la pasada década, que abarcaron desde Myanmar a Líbano, si bien se les adjudicaba el nombre de revolución se las recluía en una paleta chic, por la cual adquirían colores, texturas y fragancias (revolución de cedro, anaranjada, de terciopelo), la mayoría abortadas.

“La vida es dura. Amarga y pesa! ¡Ya no hay princesa que cantar!”, advertía hace un siglo aquel campeón de las sinestesias, Rubén Darío, en su “Canción de otoño en primavera”, advertencia largamente desoía en estos días. Lástima que nadie lo recuerde, o que estos publicistas sajones no se hayan enterado del Divino Rubén. Agotadas las sinestesias de la paleta revolucionaria du jour, han querido encontrar la revolución en las manifestaciones en países árabes, episodios que catalogaron como “primaveras”, es decir, como revoluciones plácidas, con aire de picnic.

Confundir la revolución con raves de sociedad civil, con Woodstocks de la política liderados por las redes sociales, es como confundir a Jimi Hendrix con música de ascensor o a Wagner con Natalia Oreiro: es que estos tiempos ansiosos han olvidado no s
olo las lecciones de la historia, ese esquema lineal en que pensamos los occidentales, sino los dictados de la naturaleza, que nos hace augurar, detrás de cada primavera, la enérgica reacción del otoño y el invierno. Véase, si no, la indescriptible matanza que se sucede en Siria desde hace dos años y las que, es de augurar, seguirán sucediéndose en Egipto que ya va por su primera contrarrevolución, o contragolpe.


el dispensador anota al margen:
El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de este. El término fue concebido por Tomás Moro en su obra Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia, donde Utopía es el nombre dado a una isla y a la comunidad ficticia que la habita cuya organización política, económica y cultural contrasta en numerosos aspectos con las sociedades humanas de su época. Aunque el término fue creado por él, el concepto subyacente es anterior. En la misma obra de Moro puede verse una fuerte influencia e incluso directa referencia a La República, de Platón,[1] donde se describe pioneramente una sociedad idealizada. Además de La República, hay otras ideas utópicas anteriores a la de Tomás Moro, por ejemplo, el jardín de Gilgamesh, la isla de la Inscripción sagrada de Evémero y los mitos de Hesíodo.
Asimismo laten las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre las recién avistadas islas de Fernando de Noronha, en 1503[2] y en general el espacio abierto por el descubrimiento de un Nuevo Mundo a la imaginación, ambos son factores que estimularon el desarrollo de la utopía de Moro.
El origen etimológico de 'Utopía' no fue del todo explicitado por Moro, pero deja entrever un doble juego de significados, ambos del griego. Por un lado οὐτοπία (οὐ, no; τόπος, lugar = 'lo que no está en ningún lugar') y por el otro εὐτοπία (εὐ, buen; τόπος, lugar) = 'buen lugar'.
En oposición al concepto de utopía, existe el término distopía. Al lado de ella, o convergente con ella, está la 'ucronía', esto es lo que no está en ningún tiempo.

el dispensador anota, por segunda vez, al margen:
La entelequia es un término filosófico definido por Aristóteles. El término tiene su origen en la palabra griega ἐντελέχεια (entelejeia), combinación de enteles (‘completo’), telos (‘fin’, ‘propósito’) y echein (‘tener’). La palabra fue creada por el mismo Aristóteles, siendo posible traducirla como ‘tener el fin en sí misma’.
Fuera del ámbito filosófico, entelequia se usa en castellano con el sentido «cosa irreal».[1] Lo mismo vale para el catalán entelèquia,[2] pero en inglés,[3] francés o alemán,[4] ese uso es desconocido: entelechy(en), éntélechie(fr) o Entelechie(de) forma parte del vocabulario especialista filosófico y mucho menos del vocabulario general.[5


el dispensador anota, por tercera vez, al margen:
En la mitología griega, Pandora (en griego antiguo: Πανδώρα) fue la primera mujer, hecha por orden de Zeus para introducir males en la vida de los hombres, después de que Prometeo, yendo en contra de su voluntad, les otorgara el don del fuego.



el dispensador dice:
la vida de los Dioses es francamente complicada... más aún si es Dios regente... pero al nivel de los semidioses, las debilidades son tantas que hasta comienzan a parecerse a los humanos... semejanzas con los políticos en usufructo de los poderes... equivalencias con los funcionarios que abusan de sus sillas... todo es raro, porque la inmortalidad hace estragos en los espíritus de estos tocados por las varitas mágicas de los destinos desprevenidos... porque finalmente se la creen, y asumen que sólo ellos son los inmortales, y que el resto somos meros mortales condicionados ya no sólo por los propios destinos, por las dadas circunstancias, sino además por las ausencias de los estados donde se encaraman semidioses de todo tipo... capaces de hacer magias jubilatorias... o bien hace contra magias que contratan a las personas sometiéndolas a la duda del propio devenir... sin capacidad de determinar si el mañana será posible o no... si el mañana existirá o no, o peor de los peores, sin poder descifrar si cada quién tendrá su mañana o se verá expulsado a los ostracismos de la mortalidad olvidadiza, esa que te lleva sin colocarte lápida, con lo cual, además de hacer sido un desconocido en vida, serás un anónimo en el más allá. Tremendo.
Las gentes en sus calles y veredas creen que esto de los Dioses es una vil estratagema de los medios corporativos, pero no es así... existen los Dioses así como existen los duendes... existen los Dioses así como existen las hadas, y existen los Dioses así como existen los gnomos... porque para ello ya tenían panteón propio allá por las Menphis y las Tebas, y más tarde en las Atenas y las Espartas, para caer cuando lo hace Roma, pero por una mera razón política, y no más que eso... pero para mal de males existen los semidioses, que son mucho más que los Dioses, aunque menos que los duendes... y a diferencia de estos últimos (duendes), los semidioses tienen la habilidad de engañar a los mortales una y otra vez, y para colmo ser votados en las raras democracias terrestres, donde todo lo malo es bueno, y todo lo bueno es dudoso, según el juez que te condene claro está.
Dicho esto, recorriendo una de las tantas rutas raras que conducen mis circunstancias, tuve oportunidad de encontrarme con un senador de la mismísima Roma imperial, caminando extraviado a la vera de la ruta, preguntándose en voz alta qué era eso del Derecho Romano que se estudiaba en las universidades actuales... atribulado andaba el hombre, tanto que decidí distraerlo de sus incomodidades temporales... curiosamente, le pregunté por utopía y se quedó perplejo... más tarde se me ocurrió preguntarle por la distonía y puso cara de asombro... lo cual hizo que la incomodidad se me pasase, y cuando algo me incomoda, simplemente me levanto y me voy, sin mediar más palabra, ni elaborar argumento alguno, mucho menos haciendo de mi incomodidad un conflicto a dirimir... cuando el romano me vio la intención, me tomó del brazo y me rogó que permaneciera junto a él.
Le expliqué que había caído en el tiempo equivocado... y que hoy, dos mil años después de la Roma imperial, las gentes andaban muy histéricas y que nadie toleraba a su prójimo, sea por su color, sea por su sexualidad, sea por su color de cabello, sea por su color de ojos, sea porque respiraba fuerte, sea porque lo hacía despacio, sea porque era republicano, sea porque era demócrata, es decir, cualquier cosa servía a los fines de la descalificación del otro... acto seguido le expliqué que además de las intolerancias, las gentes tenían conductas insoportables... que todos se quejaban de todo, en especial de los actuales políticos, sea por sus incapacidades, sea por sus necedades, pero lo que más molestaban eran las soberbias y las vanidades que envolvían el poder humano de estos tiempos, donde el imperio estaba en alguna parte, pero nadie sabía dónde... se suponía que en algún lugar de la Europa Medieval, pero nadie lograba descubrir exactamente dónde... observándose vigente la inquisición y sus hogueras mediáticas... observándose las persecuciones de todo aquello que no le cuadraba a los poderes... y más... pero paré allí para no sobrecargarle el peso específico de sus sentimientos...
El pobre senador romano no entendía nada... más perdido que Adán en el día de la madre... ante tanta zozobra, tomé la iniciativa de ayudarlo a comprender que debía irse a un lugar distinto a este triste presente... se quedó absorto escuchándome... tal vez atrapado en divagues que nunca antes había atendido...
Por mis incesantes viajes kármicos, le expliqué que en otras dimensiones había mundos no humanos donde las almas vivían prescindentes del tiempo... abrió los ojos como si fuesen zapallos... eran mundos donde no había horas... no había días... no había noches... todo estaba quieto, en una permanente ucronía... por lo cual, no había destinos, tampoco circunstancias, mucho menos elegancias, ni siquiera otras fragancias, porque lo que había allí estaba igual desde su creación... inmóvil... el senador romano quedó estupefacto... inhabilitado a decir palabra alguna... entonces le dije que cada cosa guardaba su razón, más allá de cualquier imperio, de cualquier poder, de cualquier intención política o militar... con lo cual le devolví la incomodidad... me escuchó desvariar por un lapso prolongado hasta que no soportó más... se rebeló y me dijo que no aguantaba más, que prefería las locuras de su tiempo, a lo cual le retruqué que era lógico que él lo viese con otros ojos, porque se había caído de su tiempo.
Intenté explicarle que cada uno de nosotros llega a cumplir con su karma sólo cuando corresponde, ni antes ni después, y que los tiempos respirables son una gracia de Dios... desde luego, me preguntó de cuál... y allí otra vez debí hacerle entender que el panteón había cambiado y que los Dioses ya no eran muchos sino que cursábamos una especie de dictadura filosofal, donde los políticos habían asumido la inmortalidad a través de las inmoralidades, y que todos los demás éramos parias de perdidas existencias... el senador romano cayó en una depresión insalvable... lloraba sin parar... al tiempo que me preguntaba qué había sido de Zeus... le dije que los mares estaban contaminados y que Poseidón era apenas un recuerdo sin forma... agregándole que los rayos ahora circulaban por toda la Tierra, mediante tormentas que ya no eran propiedad de nadie... decaído por lo que escuchaba, el senador romano me miró a los ojos... e inmediatamente me preguntó... ¿qué harías tú en mi lugar?... para descansar me iría a los reinos de ucronía, tú puedes, aseveré... y luego volvería a mi tiempo, porque lo anterior y lo posterior se ve tétrico... agragándole: pues mira, todavía no lo sabes, pero en unos años llegará a Ustedes un tal llamado Cristo Jesús... con el poder suficiente para dar vuelta el imperio... y terminar con vuestros altares que ya no soportan el peso de tantos Dioses y tantos semidioses... lo que va a seguir a él no va a ser bueno, porque otros se apropiarán de sus legados y harán del mundo una tragedia ética, filosófica, griega y hasta de propiedades intelectuales, donde sólo los obsecuentes podrán sobrevivir... nunca pude terminar mi idea... el senador romano levitó hacia lo confines de los tiempos sin mediar palabra...
Ante tanta soledad, he decidido partir hacia el reino de ucronía... al menos estoy seguro que allí no hay inflación y que nadie devaluará moneda alguna, tampoco se quejarán por las pasteras, porque nadie las necesita. No... no te diré dónde queda... búscalo y encuéntralo como yo lo hice... pero apúrate.
OCTUBRE 18, 2013.-

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